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Irán, Origen y desarrollo de una idea
 
 
Gherardo Gnoli
 
 
El nombre de Irán evoca una de las civilizaciones más grandes del mundo en todos los campos: en el arte antiguo, medieval y moderno; en la historia, especialmente de la Antigüedad; en el pensamiento filosófico y religioso, ya sea antes o después del advenimiento del Islam; en la literatura y en la difusión de una lengua, el neopersa, que se convirtió en el vehículo de una gran fe universal, la primera lengua «islamizada» de la historia, según una feliz definición de Bert G. Fragneri . La civilización irania siempre ha ostentado una clara supremacía cultural en gran parte de Asia -desde el Asia central hasta el subcontinente indio- y ha sido el entramado de una fuerte identidad nacional basada en motivos eminentemente culturales.

La idea política, religiosa y étnica de Irán es, en realidad, un producto característico de la primera mitad del siglo III d.C. y, según parece, un pilar esencial de la propaganda de la dinastía sasánida en los años veinte de aquel siglo. Pero también es el resultado de un largo proceso histórico. Si bien es cierto, según los datos de que disponemos actualmente, que en cuanto idea política no puede remontarse más allá del reino de Ardashir I (224-241 d.C.), como concepto étnico y religioso es mucho más antiguo.

Por el orden en que se van relacionando todas las tierras del imperio en los diferentes textos de las inscripciones de Darío I (522-486 a.C.), se demuestra que en esa época ya existía claramente el sentimiento de pertenencia a la nación arya. Darío I y Jerjes I (486-465 a.C.) definían con este adjetivo a la estirpe a la cual tenían el orgullo de pertenecer. Téngase en cuenta que el nombre irān deriva de una expresión sasánida, Ērān-šahr «reino (o nación) de los arya», compuesta por un genitivo plural del nombre étnico en persa medio ēr, (la misma forma que, con epéntesis, existe en avéstico) y del sustantivo xšāθra que significa «poder, reino» en iranio antiguo.

Sabemos que los arya tenían un dios supremo, Ahura Mazda, definido como el «dios de los arya» en un pasaje del texto elamita de la inscripción de Darío I en Behistún (DB, correspondiente al texto en persa antiguo DB IV, 60 y 62) asimismo, la lengua irania de esta inscripción se conocía como arya (DB IV, 88-89), y arya era también el nombre antiguo de los medos, según la afirmación de Herodoto (VII, 62).

Pero el hecho es que arya ha tenido en Irán un significado eminentemente étnico (en esto se diferencia de la palabra arya en indio antiguo, que implica otros valores). Esta afirmación queda confirmada por muchos indicios: por el sentido étnico de airya en avéstico, claro y evidente en varios contextos; por el nombre Arianē, dado a una región histórica entre India y la región de Persia propiamente dicha en la época seléucido-parta, y por el gentilicio Arianoi con que se denominaba a sus habitantes, tal como se documenta en fuentes griegas (Erastóstenes y Estrabón 1, 4, 9, etc.), además de la expresión «toda la estirpe aria», presente en un destacado pasaje de Eudemo de Rodas citado por Damascio. Por lo tanto, no resulta sorprendente que Diodoro Siculo (I, 94, 2) situara a Zoroastro (Zathraustēs) «entre los Arianoi».

El significado religioso y lingüístico de la palabra arya, documentado ya en época aqueménida (Ahura Mazda, dios de los arya; la lengua arya), tiene una larga historia. Lo encontramos en armenio en un texto en el que el adjetivo ari se refiere a Aramazd (Ahura Mazda) y también en bactriano en la inscripción de Rabatak de Kanishka, cuya lengua es precisamente definida como aria. La herencia étnica, cultural y religiosa del Irán aqueménida (siglos VI-IV a.C.) se transmite más allá del final del primer imperio persa. En la época parta o arsácida (siglos II a.C. - III d.C.) se constata que va conformándose progresivamente una especie de renacimiento de lo iranio, consistente, entre otras cosas, en una nueva apropiación de la herencia aqueménida y en un gradual abandono de las costumbres y de la lengua de los griegos, que va siendo suplantada por una lengua que se puede definir como irania o arya. Según Wilhelm Geiger, se trata de un nombre colectivo para designar a un conjunto de pueblos. En Irán este término tiene el mismo sentido que el nombre de «Hellas» en Grecia, así pues, es posible acuñar un término como «aryanismo» o «iranismo» para expresar un concepto análogo al de «helenismo», que en Grecia se expresaba con Hellenikón, en la definición que le otorga Herodoto(VIII,144).

Por lo tanto, hasta el final del período parto no es posible reconstruir los orígenes de la idea de Irán. La verdadera historia de esta idea -fundamental para la historia de la civilización y de la cultura del mundo iranio e iranizado, incluso hasta nuestros días- no se inicia hasta los sasánidas (siglos III - VII d.C.), como se ha dicho anteriormente.

Antes de los sasánidas no existe ningún rastro de un Ērān-šahr. La idea de un reino o de una nación arya (en persa medio ēr) fue el resultado de un complejo y, si hacemos caso de algunos versos, grandioso fenómeno de «invención de una tradición», donde convergían los objetivos de la corte y de la nueva iglesia zoroástrica -que se estaba organizando en esos momentos- para apoyar y dar crédito a una nueva trayectoria política que había que legitimar y consolidar.

Todo ello estaba en consonancia con los tiempos que corrían: un fenómeno típico del siglo III, en el que se tiende a la formación de culturas nacionales. Se ha estudiado mucho esta tendencia en el imperio romano -con la emergencia de culturas «provinciales» en conflicto con la cultura helénico-romana-, pero se produjo en todas aquellas tierras que seis siglos antes habían sido unificadas por Alejandro. Las fronteras de la Antigüedad tardía van ganando terreno hacia el Este, y el Irán sasánida, con su empuje nacionalista y arcaizante, fue protagonista esencial de esta expansión.

La invocación a los orígenes aqueménidas, la identificación con la dinastía de los kayánidas -en gran medida legendaria-, la formación de una herencia tradicional de acuerdo con las exigencias de la nueva dinastía y de las fuerzas sociales que la sostenían, la codificación de las escrituras religiosas tras una operación de selección y censura conforme a los cánones de una ortodoxia -a su vez «inventada» por el clero de los magos- son aspectos de un único proceso político y cultural que proporcionó material a la propaganda sasánida. Así, con el advenimiento de los sasánidas y como resultado del profundo cambio político, religioso y social, se crea una tradición inventada: la del Ērān-šahr del imperio «ario» y «mazdeo», cuyas raíces se hicieron situar en la Antigüedad remota.

Encontramos testimonios epigráficos -desde la inscripción de Shapur I (241-272 d.C.) en la Kaaba-i Zardusht , hasta las monedas de Bahram II (276-293 d.C.); - con la expresión o el título ēr mazdēsn, «ario mazdeo», atribuido a príncipes o a soberanos sasánidas, donde ēr tiene un claro significado étnico. Asimismo, está muy extendido el uso de la forma del singular ēr del plural ērān, ya sea en las denominaciones de los reyes (šāhān šāh Ērān [ud Anērān] «Rey de reyes de los arya y de los no arya»), como en la de los miembros de la administración civil y militar (Ērān-spāhbed, el mariscal del imperio; Ērān-drustbed, el arquiatra imperial; Ērān-amargar, una especie de administrador general estatal; Ērān-hambāragbed, el supervisor del almacén de víveres; Ērān-dibārbed, primer escriba) o de la toponimia de la región de Fars (Ērān-šahr-Šābuhr, Ērān-āsān-kar, Ērān-winard-Kavād, Ērān-xwarrah-Šābuhr) o bien, finalmente, en expresiones como Ērān-xwarrah «el esplendor (o la gloria) de los arya» o Ērān-wēz «la expansión arya», en las que evidentemente destacan conceptos propios de la tradición religiosa (véase en avéstico: airyan∂m x ar∂nō y airyan∂m vaējōJ.

Así pues, la ideología político-religiosa del Irán sasánida se reclamaba heredera de la tradición religiosa del zoroastrismo -es decir, del Avesta y del clero de los mowbed y de los Erhbed- y del lejano pasado aqueménida, ciertamente poco conocido (8). Esta doble herencia sirvió para caracterizar las bases teóricas sobre las que fundamentar tal construcción ideológica: la realeza y la religión. La monarquía y la iglesia de los magos, a pesar de sus frecuentes enfrentamientos, fueron sin duda los dos pilares más sólidos de la sociedad del Irán sasánida.

En la historia de Irán son recurrentes las tentativas de legitimar el presente recurriendo a un pasado sustancialmente ficticio e invocando la recuperación de los supuestos valores tradicionales en un contexto ideológico arcaizante, con el propósito de hacer parecer plenamente legítima una nueva dinastía o una nueva época. En 1971 la dinastía Pahlevi organizó una gran celebración en Persépolis para consagrar la continuidad del imperio persa a lo largo de 2.500 años de historia y para mayor gloria del Rey de reyes (āryāmehr, el «sol ario», título inventado y provisto de una innegable pátina de antigüedad). Ésta fue sólo una de tantas manifestaciones semejantes, bien conocidas por los estudiosos de la historia irania desde la época aqueménida. Es significativo que Alessandro Bausani , en un breve ensayo sobre la milenaria tradición irania, reconstruyera cuatro grandes periodos de «rearcaización» nacional: bajo las dinastías Aqueménida, Sasánida, Safávida y Pahlevi, y subrayara el hecho de que todos estos periodos sucedieran a otros especialmente fecundos desde el punto de vista de las relaciones interculturales con otros pueblos, en aquellos territorios más expuestos a las invasiones extranjeras: griegos, árabes, turcos, mongoles, etc.

No hay duda de que el Irán safávida, después del sasánida, desarrolló una cultura estrechamente ligada a la suerte de un nuevo Estado nacional. Sin embargo, estudios recientes han arrojado una nueva luz sobre el papel que desempeñaron los mongoles (siglos XIII - XIV) en la construcción de la identidad nacional de Irán. Los estudios de Dorothea Krawulsky sobre el dominio de los Ilkhan y los de Bert G. Frangner sobre las raíces históricas del concepto político de Irán, con una perspectiva historiográfica mucho más amplia, han sido decisivos en lo que a este punto de vista se refiere. Ahora podemos afirmar que hay razones suficientes para trazar una continuidad desde los mongoles y los safávidas hasta los Qayar y los Pahlevi. El papel que la herencia mongol ha desempeñado en el desarrollo histórico de la identidad nacional irania ha sido muy notable y desautoriza la tesis de que los safávidas fueran deudores directos de los sasánidas en lo que concierne a la transmisión de la idea de Irán. Hay que señalar la importancia de que grupos étnicos no iranios hayan contribuido de manera tan determinante a la afirmación de esta idea, lo que prueba la gran fuerza de atracción que la civilización irania ha ejercido desde siempre en las culturas de otros pueblos, dentro y fuera de Irán.

La idea de Irán, ligada a la monarquía sasánida no menos que a la religión zoroástrica, no se extingue con el dominio árabe ni con la conversión al Islam. Esto se debe a que la clase social que había constituido la columna vertebral del imperio sasánida (los dahigān, o los dehqān de la época islámica) no perdió sus prerrogativas y permaneció unida a la cultura y a las tradiciones nacionales, precisamente porque la idea de Irán había tenido un valor no sólo religioso sino también cultural en un sentido amplio, más allá de lo propiamente político . Esta idea permaneció viva en la imaginación de los sabios y de los poetas, convirtiéndose en parte esencial de la herencia cultural de dicha clase social -verdadero baluarte de la sociedad sasánida, especialmente a partir del siglo VI- que posteriormente abrazaría el Islam. Gracias a ello, la idea de Irán consiguió sobrevivir no sólo a la extinción del zoroastrismo, sino incluso a la caída de aquella monarquía que en la primera mitad del siglo III había hecho de ella el elemento central de su propaganda. De esta manera pudo integrarse en el horizonte supranacional de la gran ummah islámica conservando sus características peculiares.

 
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