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EDUCACIÓN E HISTORIA DE LA CIENCIA EN IRÁN
CIENCIA PERSA
L. Lockhart.
Introducción
Tarea difícil, pero noble, la de intentar devolver a Persia algo del honor que ha perdido este país, debido a la incierta terminología de los antiguos escritores, que ha conducido a una gran confusión entre los logros árabes y los persas. Las diferencias raciales y fundamentales entre ambos pueblos han sido ya reconocidas. Pero el carácter impulsivo del Islam y la rápida aceptación por los persas del lenguaje de los conquistadores árabes, parecen haber cegado a la mayor parte de los historiadores, incapacitándolos para percibir la circunstancia de que muchas de las realizaciones que atribuyeron a los invasores han de atribuirse propiamente hablando a los invadidos. Algo parecido ocurre en el mundo grecorromano, si bien en menor grado, por razones que no es preciso aclarar por evidentes.

Es totalmente necesario recalcar desde el mismo punto de partida, que Persia era grande mucho antes de que naciera Mahoma, y que los términos islámico y persa nunca han sido intercambiables. Gloria de los árabes fue el proporcionar el prestigio, el idioma y los recursos para el trabajo científico que se inició bajo los califas de Bagdad y que empleó en definitiva tantos grandes cerebros del Oriente Medio, pero llamar a todo esto "ciencia árabe" es rendir un homenaje que va mucho más allá de los méritos reales de los musulmanes, con gravísimo desprecio para los de los persas. "Quítese de lo que generalmente suele llamarse ciencia árabe –escribe el profesor Browne- la contribución de los persas, y lo mejor se habrá ido." Paul de Lagarde va incluso más lejos cuando escribe: "de los musulmanes que sobresalieron algo en las ciencias, ninguno era semita". Sin embargo, y por poner sólo un ejemplo, siempre se ha hablado de medicina árabe, y siempre se hablará, supongo.

El hecho de la enorme contribución de los persas a la ciencia árabe ha sido, naturalmente, reconocido de siempre por los escritores expertos en la materia. Así, el autor de la sección de astronomía y matemáticas en El legado del Islam (pág. 491) tiene mucho cuidado de señalar que los términos "árabe" y "musulmán" deben ser tomados en un sentido muy amplio, ya que comprenden pueblos que van desde España hasta el Turquestán, incluyendo muchos no musulmanes. Como una manera de enfocar esta materia, podríamos muy bien preguntar en primer lugar: ¿por qué, pues, llamarla árabe?.

La respuesta es en gran parte cuestión de historia. El Renacimiento oriental coincidió precisamente con la época en que las fuerzas del Islam estaban avasallando al mundo. Los soldados eran árabes. Una vez que las regiones y las tribus habían sido sometidas, recibían la paz junto con una notable prosperidad. Así como Florencia se convirtió en ciudad dirigente del Renacimiento en Europa, en parte al menos, porque tuvo la suerte de contar entres sus habitantes con una familia de comerciantes de buen gusto, así Bagdad se erigió en centro de la cultura musulmana por haber sido agraciada con tres o cuatro califas sucesivos impulsados por afanes de esta índole. Y de la misma manera que los Médicis atrajeron a agrandes artistas a su corte porque podían prometer los necesarios recursos para un digno empleo del talento artístico, también un al-Ma’mun y un Harum al-Rashid estuvieron en condiciones de proveer a las necesidades y al medio ambiente imprescindibles para los hombres de ciencia. Y estos gobernantes eran árabes.

Ahora bien, ¿de qué nacionalidad eran los otros, esos hombres de ciencia?. En su mayoría persas, y no porque los persas buscaran deliberadamente una oportunidad para eclipsar al árabes, sino porque el mismo árabe casi les obligada a acudir y a trabajar en ciertas ramas de la cultura que él mismo despreciaba. Los árabes, consciente o inconscientemente (yo creo que de esta última manera), adoptaron una división casi pitagórica de las ciencias, excluyendo rigurosamente a los extraños de ciertas ramas del saber y a sí mismos del resto. De esta manera, el árabe se consideraba, a su vez, idóneo para estudiar jurisprudencia, teología, gramática, poesía, prosodia e historia. El resto de las artes – filosofía, lógica, medicina, aritmética, matemáticas, astronomía, astrología, música, mecánica y alquimia- eran estimadas por él como "exóticas" y asignadas por tanto a los extranjeros. A ello se debe el que, si bien la mencionada división suponía en modo alguno compartimentos estancos, los persas recibieran la más efusiva bienvenida cuando se presentaban a las autoridades de Bagdad como ayuda para el estudio de cualquiera de las materia que hoy en día reciben el nombre de "ciencia".

La lengua que emplearon fue la arábiga, en parte, sin duda porque era el idioma de sus patronos, y en pare porque resultaba a la vez de buen tono y de fácil compresión en todo el vasto mundo musulmán. No encontraban en esto ninguna desventaja, ya que el árabe es una lengua muy flexible y muy apropiada para las tareas científicas. El profesor Browne nos da un excelente ejemplo en la palabra istisq, formada por reglas ordinarias de gramática a partir del término saqa. Este último significa "dar de beber a" lo que hace que la palabra citada en primer lugar tenga el significado de "ansia por la bebida" y de aquí "hidropesía". Mejor ejemplo aún lo constituye el término mustashfa, que significa "hospital" o "lugar al que acude quien desea ser curado", y que se deriva de la raíz shafa, "él curó". Detalle marginal interesantísimo es que, pese a ser esa palabra perfectamente clásica en árabe, la influencia persa era tan grande en lo referente a los asuntos médicos que el término persa bimaristan o "lugar de gente enferma" desterró completamente al vocablo nativo, incluso en medios tan lejanos como los del Cairo. Hoy en día todavía, esa palabra persa se conserva en Egipto y Siria, si bien en el sentido limitado de "hospital para dementes".

¿Cómo, pues se ha de entender el término "persa" en cuanto opuesto tanto a "musulmán" como a "árabe"?. Bajo Darío, el Imperio persas (así como el medo) se extendía por todo el mundo virtualmente conocido. Evidentemente, una definición demasiado amplia para ser empleada en este contexto. En siglos posteriores, debido a las usurpaciones de los afganos y rusos, la Persia independiente quedó limitada a menos que su extensión actual. Una línea arbitraria ha de ser trazada ente ambas situaciones. Creo que nadie negará que si un individuo escribe en persa, Persia tiene derecho a reclamar para sí y como gloria nacional el renombre que puede tener dicho escritor, aunque hubiera residido en Bukhara Herat, Khiva o incluso Delhi. El persa no se convirtió nunca en lengua científica internacional, como el árabe o el latín. Si un hombre escribía en persa, empleaba este idioma porque era su lengua nativa. Una posible excepción puede constituirla el breve período de los empleadores Mughal en Delhi. Pero creo que el trabajo científico allí realizado fue tan insignificante que la reputación de Persia no gana ni pierde demasiado, tanto si admitimos esa reivindicación como si la rechazamos.

He indicado ya que los árabes invitaron a los persas a que descendieran de sus tierras montañosas para hacerse cargo en Bagdad de la astrología, la medicina y las matemáticas. Muchos de ellos aceptaron esa invitación y se domiciliaron en el Irak. Persia puede considerar a tales individuos como hijos propios. Por consiguiente, no me queda más remedio que incluir en este ensayo a aquellos emigrantes de la Persia propiamente dicha que fijaron su morada en Bagdad, Basora o Mosul.

Finalmente, todos aquellos que nacieron y trabajaron dentro de los confines de la moderna Persia, sea cual fuere el origen de su familia y la lengua que emplearon, todos ellos, si contribuyeron en algo a la ciencia, contribuyeron también a la gloria de Persia y al legado que nos dejó a nosotros.

Siguiendo estos principios habrá que excluir algunos muy conocidos nombres. Así, todos los Sabeos, los más famosos de los cuales fueron la familia Qurra y la familia Hunayn, no obstante haber trabajado codo con codo con sus colegas persas, quedan descartados en nuestro estudio, ya que la herencia que dejaron al mundo no puede ser llamado un Legado de Persia. Tampoco puede incluir a al-Battani, "uno de los sabios más ilustres de Oriente", ya que procedía de Harran, ni a Qusta b. Luqa de Baalbek. Ni pueden ser consideradas como gloria persa las aportaciones de un al-Kindi, "uno de los pocos árabes puros que se distinguieron realmente en el campo del pensamiento y de las letras". El lector interesado por sus contribuciones (que se sincronizan tanto en el tiempo como en el espacio con las de otros sobre los que escribió) puede encontrarlas detalladamente estudiadas en El legado del Islam y otras obras similares .

Incluso admitiendo esas excepciones, existe material más que suficiente para justificar la afirmación que he hecho al principio de que Persia fue la mayor contribuyente de la así llamada ciencia árabe.

Matemáticas
Tan completa fue la destrucción que Alejandro Magno infligió a Persia que no existen restos suficientes para permitirle a uno estimar los conocimientos matemáticos de los antiguos medos y persas. Herodoto recoge una hazaña de ingeniería de aquellos tiempos. Un persa, Artachaees († 481 a. de J. C.) dirigió la construcción de un canal a través de la península Athos, a fin de permitir el paso de la flota de Jerjes. Ni tampoco en los posteriores tiempos de los sasánidas, existen pruebas que sirvan de base a una valoración aproximada. A efectos prácticos, la historia de las matemáticas persas empieza en la corte de al-Ma’mun, cuya madre y esposa, observemos de paso, eran persas.

El califa al-Ma’mun (786-833 d. De J.C.) exigió un alto nivel tanto en las matemáticas teóricas como en las prácticas. Un ejemplo con respecto a las últimas lo constituye su mandato de realizar dos inspecciones geodésicas, a fin de determinar la longitud de un grado del meridiano. Su reinado está relacionado asimismo con el perfeccionamiento del ábaco. En el aspecto teórico, fomentó la traducción al árabe de textos matemáticos griegos e indios. Notable entre los traductores de dichos textos son Ya’qub ibn Tariq, el cual, además de traducir de autores indios, escribió sobre el calendario y otras materias astronómico-matemáticas, Abu Yahya al-Batriq, que tradujo muchas de las obras de Ptolomeo, y Muhammad Ibrahim al-Fazari, sobre el cual tendré algo más que decir en el apartado sobre la astronomía.

Estos y otros escritores, cuyos nombres pueden encontrarse en índices biográficos tales como los de al-Qifti e Ibn Abi Usaibi’a, pusieron los fundamentos sobre los que construirían posteriores generaciones de matemáticos. Hay que señalar desde el principio que los persas enfocaban las matemáticas desde un ángulo diferente que el de los griegos. Los griegos admiraban la filosofía abstracta y las matemáticas altamente teóricas, apuntando a un ejercicio intelectual a base de especulación e imaginación. Los califas, por el contrario, exigían siempre y en todo momento resultados prácticos. A los persas que trabajaban en la corte de al-Ma’mun se les pedía que aplicaran los corolarios de sus estudios a la astronomía, la agrimensura, la arquitectura, y el arte de la navegación. Se esperaba de ellos una cuidadosa atención hasta en los más pequeños detalles, tales como el perfeccionamiento del calendario, la dirección en que quedaba la Meca, y la medida del tiempo a fin de que la hora de la oración no pudiera pasar inadvertida. De esta manera, una revisión de toda la investigación matemática de los persas nos da la impresión de que no se perseguía tanto el conocimiento preciso cuanto la precisión en la aplicación de dicho conocimiento. En la medicina, encontramos análoga discrepancia entre el enfoque griego y el persa. El moderno se aproxima al primero, más que al segundo. Para el persa medieval, el problema a resolver en la medicina era de tipo teológico, esto es: ¿por qué? más bien que: ¿cómo? Esto vale sobre todo en la anatomía.

Los fundamentos del trabajo matemático quedaron dispuestos, naturalmente, mucho antes de esta época. Lo que hoy en día llamamos "números arábigos" no fueron inventados por los árabes, y mucho menos por los persas. Los griegos empleaban las letras de su alfabeto a guisa de cifras, dando un valor numérico a cada una de aquellas. Los romanos procedieron de muy similar manera. Las cifras, tal como nosotros las conocemos, tuvieron su origen probablemente en la India. Los persas adoptaron tanto el sistema indio como el griego, pero sólo poco a poco empezaron a hacer uso de las cifras, hasta el punto de que no las encontramos ni en un Abu’l-Wafa (490-977 d. De J.C.) ni en un al-Biruni (973-1048 d. De J.C.).

El sistema griego ha sobrevivido en la literatura persa hasta nuestro días en los acrósticos que los escritores gustan de introducir en sus poemas y epigramas. El valor que dan a sus letras, téngase en cuenta, depende del orden de las mismas en el alfabeto griego no en el persa. Un ejemplo de este juego de letras-número lo tenemos en el conocido epigrama inscrito en la tumba del poeta Hafiz:

Puesto que estableció su hogar en el país de Musalla busca su fecha en la tierra de Musalla.

Bickenel ha vertido este epigrama de tal forma que el juego original puede reproducirse en inglés así:
Thrice take thou from Musalla’s Earth its dichest grain. (tres veces toma de la tierra de Musalla su riquísimo grano).
Las únicas letras-número, según nuestro sistema, en "Musalla’s Earth" son M, L y L, esto es, 1.000, 50 y 50, lo que hace un total de 1.100. Las palabras "its richest grain" contienen tres I, esto es, tres unidades o 3 y una C, esto es, 100. Ahora bien, 103 repetido tres veces da un total de 309. Y 1.100 menos 309 tiene como resultado 791, esto es, la fecha del fallecimiento de Hafiz, según el sistema musulmán de contar. El cálculo es indudablemente complicado, pero esto tipo de acróstico matemático ha sido siempre sumamente popular entre los persas.

El mejor matemático de los que vivieron en la corte de al-Ma’mun fue Muhammad b. Musa al-Khwarizmi. Su lugar de nacimiento fue Khiva, pudiéndosele considerar por consiguiente como persa. Su contribución a las matemáticas está estudiada con alguna extensión en El legado del Islam (pág. 498-504), siendo innecesario recapitular aquí lo que se dice en dicha obra. Es posible que fuera él quien dio a nuestros lenguajes el término "álgebra", por el título de su libro al-Jabr wa’l-muqabala, esto es, "Ciencias de Reducción y Cancelación".

Su importancia en la historia de las matemáticas no estriba en este interesante detalle, sino en el hecho de que fue el primero en presentar un tratado sistemático sobre tal materia. Tomó sincréticamente tanto de los conocimientos griegos como de los hindúes, e influyó en el pensamiento matemático más que ningún otro escritor medieval. Su principal aportación consistió en la aplicación de los nombres de número hindúes a la solución numérica de las ecuaciones. Y en segundo lugar, su contribución, "a la solución de las ecuaciones lineales que constituyó el reconocimiento definitivo de la aplicación de axiomas a la transposición de términos y la reducción de fracciones implícitas a explícitas". Sus dos soluciones a la ecuación cuadrática x + px = q estaban basadas en métodos griegos. El fue también quien describió la prueba de los nueves, que Avicena popularizaría más tarde. Por otra parte, descuidó la raíz negativa, lo mismo que los posteriores escritores persas, de hecho, no fue reconocida hasta el siglo XVII. Ni tampoco se interesó por las ecuaciones cúbicas, aunque el término "cubo" tuvo que serle familiar.

Muhammad b. Musa al-Khwarizmi murió el año 850 d. De J.C. No debe ser confundido con su compatriota Abu Abd Allah Muhammad Al-Khwarizmi, quien escribió hacia el 976 d. De J.C. una obra titulada Las llaves de las Ciencias. Con esa típica afición persa a la tabulación, distribuyó las ciencias dividiéndolas en indígenas y exóticas. Esta segunda clase se subdividía en ciencias naturales y ciencias matemáticas. En esta última categoría nuestro autor trató de la geometría, la aritmética con los elementos del álgebra, y la mecánica con un apartado sobre hidrostática.

Contemporáneas a su obra son las actividades de la sociedad secreta que conocemos con el nombre de Hermanos de la Pureza. Esta sociedad produjo unas cincuenta obras científicas que trataban de matemáticas, astrología y química. También esos autores discutían temas sobre las mareas, los temblores de tierra y los eclipses, y planteaban cuestiones de esta clase: ¿cómo es que no se mezclan en el aire los sonidos simultáneos? Muchos de estos escritores fueron sin duda persas.

No queda más remedio que pasar por alto un gran número de ilustres nombres relacionados con la corte de Bagdad y renunciar a hablar por el momento de Avicena, cuya fama científica se basa más en su labor en la medicina (de la que hablaré más tarde) que en la matemática.

Al-Biruni )937-1048) merece con todo ser mencionado. Sus originales observaciones se extendieron sobre diversas materias. Determinó exactísimante latitudes y longitudes. Trató del problema de si la tierra gira o no sobre su eje. Calculó correctamente el peso especifico de dieciocho piedras preciosas y metales, y explicó el proceso de los manantiales naturales y de los pozos artesianos. Incluso llegó a escribir sobre la formación prehistórica del valle del Indo y sobre los monstruos humanos.

Con el nacimiento de Omar Khaiyam en el año 1044 d. De J.C. llegamos al final de la Edad de Oro de la ciencia persa, al que Al-Zaizani, llama "el mayor científico de su tiempo y astrónomo sin igual".

Hajji Khalifa considera la introducción a su Álgebra como su trabajo más notable. Su manera de enfocar las matemáticas no se distinguió con todo de la que había prevalecido doscientos años antes. Persiguió su objetivo sólo hasta aquel punto en que dichas matemáticas resultaran útiles para la astronomía, la agrimensura, las transacciones comerciales y las leyes de la herencia.

Pero llevó muy definitivamente sus estudios matemáticos más allá de donde los había dejado al-Khwarizmi. Su logro principal se sitúa en el campo de las ecuaciones cúbicas. Aplicó el principio de entrecortar secciones cónicas a la solución de los problemas algebraicos. Realizó una clasificación completa de las formas de las ecuaciones cúbicas y estableció una solución geométrica para cada tipo.

Dio una completa clasificación de las ecuaciones de tercer grado con referencia al número de términos, y luego, tras haber acometido la tarea de verificar sus soluciones algebraicas por las construcciones geométricas y viceversa, siguió sistemáticamente este sistema en toda su obra. Tenemos aquí un meritorio esfuerzo por unificar geométrica y álgebra.... Además, todo esto revela un espíritu ordenado y la naturaleza sistemática que caracteriza a u obra. Pero su principal aportación está en el campo de las ecuaciones cúbicas, un logro que sitúa a Omar como el más original y el más grande matemático de su tiempo. Construyó geométricamente cada uno de los tipos por él propuestos de ecuaciones de tercer grado y ofreció una polémica sobre las modificaciones necesarias en cada caso particular... algo muy digno de mención y de admiración.

Otros antes que Omar habían, naturalmente, afrontado esta clase de problemas. Así, al-Mahani (alrededor de 860 d. De J.C.) había intentado cortar la esfera en dos segmentos, la razón de los cuales es igual a otra dada (problema de Arquímedes); lo expresó como x3 + a2b = cx2, que recibió el nombre de ecuación de al-Mahani. Pero no le encontró solución. Fue resuelta por Abu Ja’far al-Khazini, esto es, Abu Ja’far el Tesorero, o posiblemente el Bibliotecario, quien vino de Khurasán hacia el 960 d. De J.C. y solucionó el problema mediante la intersección de secciones cónicas. Un poco más tarde, Muhammad ibn al-Laith (alrededor de 1000 d. De J.C.) se interesó por las ecuaciones cúbicas, la construcción de polígonos regulares de siete y nueve lados, y ecuaciones de cuarto grado que resolvió incidentalmente.

En trigonometría, los primeros progresos fueron realizados por los Sabeos. El primer nombre persa que puede encontrar lugar en este tan breve resumen es el de Abu’l-Wafa (940-997 d. De J.C.). Fue astrónomo y uno de los mayores matemáticos musulmanes. Su astronomía no era superior a la de Ptolomeo. No llegó a descubrir la variación en la tercera desigualdad de la luna, como se ha dicho a menudo. Por otra parte, fue probablemente el primero que mostró la generalidad del teorema del seno en relación con los triángulos esféricos. Introdujo un nuevo método de construir tablas de senos, siendo correcto hasta el octavo decimal el valor del seno de 30º. Conoció relaciones equivalentes a las nuestras para seno (a ± b). Realizó un estudio especial de las tangentes, calculó una tabla de las mismas, introdujo la secantes y la cosecante y conoció aquellas simples relaciones entre las seis líneas trigonométricas que ahora se emplean a menudo para definirlas.

Nasi al-Din al-Tusi (al cual me referiré más adelante) realizó mucho trabajo original, pero vivió un siglo demasiado tarde para adquirir fama internacional. El Renacimiento de Europea estaba alboreando. Su obra apenas si tuvo tiempo de ser conocida antes de ser superada y dejada atrás por los rápidos progresos que estaban teniendo lugar en Occidente.

El último nombre que llegó a Europa fue el de Baha al-Din, que nació en Amul en 1547 d. De J.C. y murió en Shiraz en 1622. Su obra fue publicada en Calcuta en 1812, siendo posteriormente traducida al alemán y al francés. Pero no tiene grandes méritos y no presenta nada original. Si lo he incluido aquí ha sido para completar la historia, no porque nos haya legado nada excepcional.

Astronomía y astrología
El estudio de las estrellas formaba parte de la educación normal del persa ilustrado en los tiempos medievales. Pero así como las matemáticas servían a la astronomía, así la astronomía (o más bien la astrología) servía a la medicina, y estas materias hallábanse tan vinculadas entre sí que se hacía indispensable estudiarlas todas. Así, Avicena, tras haberse aprendido de memoria el Corán, asistió a las clases de Mahmud el Geómatra, del cual aprendió las matemáticas. Más tarde fue a casa de Abu’l Hasan Kushyar, donde estudió astronomía. Y, habiéndose formado entre tanto en teología y en lógica, empezó finalmente con la medicina, todo ello para la época en que contaba dieciséis años.

En Las Mil y una Noches, tenemos dos buenos ejemplos de esta educación científica a nivel general. El locuaz barbero de la Noche 160 era "el mejor de su oficio de Bagdad y gran físico, sabio químico, astrólogo infalible, fino gramático, perfecto orador y sutil lógico, matemático muy versado en geometría, aritmética, astronomía y todos los refinamientos del álgebra". Y el detallado examen de la esclava Tawaddud sobre tales materias ocupa hasta cinco de ellas (Noches 449-454) y constituye un excelente sumario de la situación de los conocimientos generales de medicina y astrología en la Bagdad medieval.

Nizami al-Arudi de Samarkanda consideraba que una astrónomo era uno de los cuatro individuos esenciales que un rey debería tener a su lado, siendo los otros tres un médico, un poeta y un secretario. Pero que esta opinión no era compartida por todos está claro por la observación de Abu Tahir al-Khusrawani, el poeta samánida, quien habla de "cuatro clases de personas de las que no pueden sacarse ni un solo grano de bondad" esto es, los médicos, los beatos, los astrólogos y los traficantes de amuletos.

De astronomía y astrología en la Persa pre-islámica, no tengo noticia de que se conozca nada. Los libros zoroástricos aparecen singularmente exentos de las supersticiones que fomentaba la astronomía. Por otra parte, tampoco la luna y las estrellas desempeñan un papel comparable al del sol.

Con el califato abásida establecido en Bagdad, la historia resulta muy diferente. Al-Mamum se aplicó al estudio de los cielos con el mismo celo que dedicó a las matemáticas y la medicina. La razón, naturalmente, está en que en estas tres disciplinas estaban íntimamente ligadas en sus mismas raíces. La astronomía era tal vez la más noble de las ciencias y su estudio exigía un considerable caudal de conocimientos matemáticos. Una vez más era el lado práctico lo que interesaba a los hombres de aquellos días. Una de estas aplicaciones prácticas fue la confección del catastro ordenada por al-Ma’mun, de la que ya hemos hablado.

Esquema mucho más ambicioso y con exigencias de un impresionante saber técnico fue la construcción de una nueva capital para la sede del califato. Al-Mansur eligió el sitio donde ahora se asienta Badgad, confiando el trabajo a un astrólogo persa de nombre Naubakht. La empresa tuvo inicio el 762 d. de J.C. e implicó la construcción de una ciudad amurallada con puertas, mezquitas, edificios públicos (incluyendo un hospital), y un complejo sistema de canales y puentes. De toda aquella primera labor nada ha sobrevivido por desgracia.

Al igual que los matemáticos, también los astrónomos copiaron a manos llenas de la India. El primer individuo empleado por al-Mansur para traducir las obras indias fue un persa, Ibrahim al-Fazari (777 después de J.C.). Tenía un hijo que también tradujo al árabe libros del mismo origen sobre esta materia, y que servirían de base para las tablas astronómicas de al-Khwarizmi. De al-Fazai se dice que fue el primero en construir un astrolabio, partiendo del cual se desarrollaría más tarde nuestro sextante. A fin de prestar mayor efectividad a todos estos trabajos, al-Ma’mun mandó construir un observatorio en Bagdad y otro cerca de Palmira.

El entusiasmo los primeros califas por la astronomía fue emulado por el de los sultanes buwayhidas, quienes, viniendo de Persia, entrado como conquistadores en Bagdad en el año 975 d. De J.C. El más ilustre de la estirpe, Adud al-Daula, tuvo por maestro a Abu’l Husain al-Sufi de Ray (903-986 dd de J.C.) uno de los más notables astrónomos musulmanes, escribió una obra titulada Libro de las Estrellas Fijas, ilustrada con figuras. Este libro y las obras de Ibn Yunus y Ulug Beg constituyen las tres obras maestras de la astronomía de observación musulmán.

Saraf al-Din, hijo del primer sultán, edificó un nuevo observatorio en Bagdad y lo confió a los cuidados de un persa llamado Abu Sahl al-Quhi, quien distinguióse asimismo por sus escritos sobre ecuaciones de grado superior al segundo. Los instrumentos para dicho observatorio fueron construidos por otro persa llamado Abu Hamid al-Saghani, astrónomo, inventor, matemático y constructor de aparatos.

Por esta misma época vivió Habash al-Hasib de Merv, que fue el primero en determinar el tiempo por una altitud (en su caso, la del Sol) y el primero también en componer una tabla de sombras, el equivalente de nuestra tangente. Por entonces nació igualmente, en Farghana, Transoxiana, el astrónomo conocido para Occidente como Alfragano. Sus libros ejercieron una gran influencia en el pensamiento europeo. Midió el diámetro de la tierra, determinó las distancias entre los planetas y escribió una obra sobre relojes de sol. Abu Ma’shar el Judío (latinizado a Albumasar) pertenece igualmente a este siglo. Compuso una teoría astrológica sobre las mareas que fue muy popular en la Edad Media.

Bajo el califa al-Mu’tadid vivió al-Fadl al-Nairizi (en latín, Anaritius), procedente de una ciudad vecina a Shiraz. Cultivó muchas disciplinas, componiendo tablas astronómicas, un tratado sobre el astrolabio esférico (la mejor obra en árabe sobre la materia) y un libro sobre los fenómenos atmosféricos. También escribió comentarios sobre Ptolomeo y Euclides.

Resultado inmediato de la introducción de la ciencia india en Bagdad fue la elaboración de calendarios. En los tiempos pre-islámicos, el año persa había estado dividido en doce meses de treinta días cada uno, a lo que había que añadir cinco días extras para completar el número adecuado. En otras palabras, el año era solar. Los conquistadores árabes lo reemplazaron hasta el grado que pudieron por su año lunar. La importación de la astronomía india a la corte trajo aún otro método de calcular, que fue adoptado oficialmente como resultado de los escritos de al-Khwarizmi. Calculó sus longitudes desde el meridiano de Arin, corrupción del nombre nativo Ujjain, ciudad de la India central. Sus tablas fueron construidas en gran medida, siguiendo la obra del hijo de Naubakht. El fue quien reintrodujo el antiguo día de Año Nuevo persa. Esto significaba el año solar, y un regreso a los tiempos pre-islámicos. No es de extrañar que encontrará la oposición de los ortodoxos.

En los tiempos de Harun al-Rashid (dice al-Biruni) los terratenientes volvieron a reunirse y llamaron a Yahya, el hijo de Khalid, el hijo de Barmak, rogándole que retrasara el Año Nuevo en unos dos meses. Yahya intentó hacerlo, pero entonces sus enemigos empezaron a murmurar, y dijeron: " es partidario del zoroastrismo". Por lo que lo abandonó y las cosas quedaron como estaban antes.

Pese a todo, el día de Año Nuevo, que en el sistema de al-Khwarizmi coincidía con el equinoccio de primavera y la entrada del Sol en el signo de Aries, fue adoptado definitivamente, constituyendo desde entonces un rasgo permanente del calendario persa. El Año Nuevo empieza todavía el 21 de marzo.

Así quedaron las cosas hasta que Malik Shah construyó en 1074 d. De J.C. un nuevo observatorio, en el cual empleó a Omar Khaiyam, entre otros, para la misión de calcular una nueva era. Esta fue adoptada de hecho como resultado de los trabajos de Omar: empezó el 15 de marzo de 1079 y fue conocida como la era Jalali. Tan cuidadoso fue el trabajo realizado que sólo se da un error de un día cada 5.000 años. Una exactitud, por tanto, mayor que la del calendario gregoriano, cuyo error es de un día cada 3.330 años.

Este calendario se mantuvo en indiscutida posición hasta la compilación del Zij, o Tablas de Nasir al-Din al-Tusi. Este astrónomo merece aún más detallada mención. Nació en Tus el año 1200 d. De J.C., y, muy en contra de su voluntad, fue asociado con una banda de forajidos llamada los Asesinos. Destruida ésta, pasó al servicio de Hulagu, el mongol. Combatió al lado de los mongoles en el asedio a Bagdad, y cuando esta ciudad cayó, el saqueo proporcionó a nuestro hombre un enorme enriquecimiento de su propia biblioteca, que llegó a contar casi el medio millón de obras. Ejerció una enorme influencia sobre su mongol señor, quien le consultaba para encontrar el momento propicio antes de dar principio a cualquier empresa. Su más valiosa labor llevóse acabó en el conservatorio de Maragha, que fue construido para él en 1259 d. De J.C. Escribió tanto en árabe como en persa. En esta última lengua encontramos su famoso Tratado sobre Ética, sus Veinte Capítulos sobre la Astronomía y el Calendario, y algunas obras sobre mitología, matemáticas y geomancia. Su fama entre sus propios compatriotas era enorme, pero uno de ellos al menos le crítica basándose en que "su reputación de científica no se debía tanto sus alcances reales cuanto a su violento temperamento y a su espíritu de contradicción, lo que, unido al alto favor que gozaba de la en la corte de Hulagu, hacía que fuera sumamente imprudente criticarle o discrepar con él". Su importancia al campo de las matemáticas y la cuantía de la deuda que Europa tiene contraída con él aparecen muy bien resumidas en el Legado del Islam (pp. 516-519).

También en la ciudad de Tus, y aproximadamente por la misma época, nace otro famosos astrónomo, al-Muzaffar, inventor del astrolabio lineal. El astrolabio plano es esencialmente la proyección de una esfera sobre un plano. El lineal representa la proyección de dicho plano sobre una línea recta. A veces se le conoce como la Vara de Tusi.

Alumno del otro al-Tusi fue Qutb al-Din Shirazi (1236-1311 d. D J.C.), quien trató en uno de sus libros sobre la óptica geométrica, la naturaleza de la visión y el arco iris. Su explicación es esencialmente la misma de la de Descartes. Gracias a un alumno suyo fue transmitida a Europa la Óptica de Ibn al-Haitham (el latín, Alhazen), obra ésta que influyó enormemente en Roger Bacon, Leonardo da Vinci y Johann Kepler.

Contemporáneo de los anteriores fue Fakhr al Din al-Razi, más conocido como teólogo, pese a ser igualmente un gran médico. Escribió en persa un manual de astrología y una enciclopedia de las ciencias. Una de sus obras fue parcialmente traducida al inglés por el difunto profesor Nicholson.

La astronomía continúo floreciendo siguiendo los surcos abiertos por al-Tusi. Bajo el príncipe timúrida Ulugh Beg (que fue asesinado por su propio hijo en 1449), nuestra ciencia recibió un nuevo impulso. Su aportación puede ser resumida con las palabras de un persa casi contemporáneo:

En lo que toca el sultán de feliz memoria Ulugh Beg Kurkan, fue sabio, justo, comedido y enérgico, y llegó a un alto grado en la ciencia de la astronomía, siendo proverbial la agudeza de su oratoria. Durante su reinado, la condición de los hombres de saber alcanzó su más alto cenit, siendo el rango social más elevado de los eruditos. En la ciencia de la geometría fue un expositor de sutilezas, y en las cuestiones de cosmografía un comentador del Almagesto. Sabios y filósofos que están de acuerdo en que en los tiempos de islámicos, más aún, desde los días de Alejandro, el Bicorne, hasta el presente, ningún monarca se ha sentado en un trono real que fuese tan versado en filosofía y ciencia como Mirza Ulugh Beg Kurhan. Conocía tan a fondo las ciencias matemáticas que realizó valiosas observaciones sobre las estrellas con la cooperación de los mayores científicos de la época, tales como Qadi-zada-yi Rumi y Maulana Ghiyath al-Din Jamshid. Pero estos dos sabios murieron antes de completar su obra, de modo que el sultán tuvo que dedicar todas sus energías a esta tarea, terminando las observaciones y produciendo finalmente el Zij-i Sultani (Almanaque Real), al que él mismo puso un prólogo. Estas tablas se encuentran en uso hoy en día, siendo muy estimadas por los filósofos, algunos de los cuales las prefieren al Zij-i Ilkchani de Nasir al-Din de Tus.

Después de la muerte de Ulugh Beg, los grandes nombres en astronomía hiciéronse más bien raros. Durante su vida, ya hemos visto mencionado a Ghiyath al-Din, quien fue traído de Kashan a Samarkanda para enseñar astronomía y matemáticas en el nuevo colegio que había sido construido en esta última ciudad. Allí brilló también al-Kashi, que ejerció igualmente como médico de Ulugh Beg. Su obra original representa un mejora sobre la de al-Karkhi († 1029 d. De J.C.). El último había dado ya la suma de las terceras potencias de la serie 13 + 23 + 33 + 43 + ... + n3; Al-Nkashi supo perfeccionarlo y dar con la suma de la serie de números elevada a la cuarta potencia.

Apenas si tengo necesidad de decir algo sobre la astrología persa, ya que el número de los que creen en esta ciencia está limitado ahora los lectores de prensa barata. Pero cuando uno recorre las páginas de las historias persas y, sobre todo, las de los escritores de anécdotas, no puede por menos de impresionarse por el gran número de correctas predicciones que realizaban los astrólogos de aquellos días. Aparte de determinar los tiempos adecuados para emprender un viaje, tomar una medicina o hacerse una sangría, el fuerte de los astrólogos parece haber sido la predicción. Si sus dotes en este sentido eran totalmente nulas y sus vaticinios absolutamente falsos, y ellos mismos los sabían, entonces tuvieron que ser hombres extraordinariamente valientes, porque los reyes no aguantaban mucho tiempo locos o granujas. A veces me pregunto si el mundo no quedará sorprendido algún día con el descubrimiento de un manuscrito persa que muestre a la astrología como una ciencia tan exacta como era la astronomía en aquellos días. Aunque tal vez los genuinos fundamentos de la astrología quedaron oscurecidos cuando sus ficciones y patrañas fueron descubiertas.

Entre tantas y tan curiosamente correctas predicciones, bien podríamos seleccionar algunas. Una se refiere al sapientísimo estadista Nizam al-Mulk, primer ministro de Malik Shah, que tenía una gran fe en un astrólogo llamado Hakim-i Mausili. Este individuo profetizó que el ministro moriría dentro de los seis meses a partir de su propio fallecimiento. El astrólogo murió en la primavera del 1092 d. De J.C., y Nizam al-Mulk empezó inmediatamente sus preparativos para el mismo trance. De hecho, fue asesinado en otoño del mismo año. Análogamente, Ibn Attash, el asesino, fue capturado y paseado por las calles de Ispahán para someterlo a los escarnios del pueblo. Finalmente, fue crucificado, y mientras colgaba de la cruz, uno de los presente le preguntó cómo era que el, un astrólogo, no había previsto semejante final. El aludido respondió: "Mi horóscopo me había dicho que llegaría a atravesar las calles de Ispahán con pompa y aparato mayores que de los de un rey, pero no sabía que iba a tener lugar de esta manera".

Por otro lado, Anwari, el poeta que se declaró a sí mismo sobresaliente "en toda ciencia, pura o aplicada, y conocido de todos mis contemporáneos", falló miserablemente cuando vaticinó un huracán tan fuerte que arrancaría los árboles y edificios. Muchos que le creyeron se apresuraron a buscar refugio en las bodegas o en las cuevas de los alrededores de la ciudad. Llegada la noche en cuestión, el viento fue tan ligero que una desnuda luces ardía sin vacilar en la punta de un minarete.

Sin embargo, precisamente el hecho de que los historiadores nos refieran con la misma honradez las profecías incumplidas hasta las que resultan acertadas, nos hace pensar que tal vez haya algo que pone a la buenaventura basada en las estrellas por encima del nivel de la charlatanería pura y el fraude. Claro que no puedo proclamar que Europa haya recibido legado alguno del astrólogo persa.

Con la caída del Imperio timúrida inicióse la decadencia general de Persia y la astronomía convirtióse en simple cuestión de calcular eclipses y lunas nuevas. La astrología hízose servidora de la magia. Los resultados de esta combinación fueron escasamente interesantes. Mejor será pasar a la medicina, en la que Persia ha desempeñado un destacado papel, dejando un vasto legado al mundo moderno.

Medicina, botánica y química
Llegados a la medicina, digamos en seguida que esta vez sí tenemos pruebas históricas de actividades en este campo en tiempos anteriores a la invasión árabe, de modo que los persas no musulmanes entran triunfalmente en escena. Tan vasta es esta materia que considero oportuno abandonar el método cronológico que he seguido hasta ahora, para tratar de describir este legado bajo las diferentes ramas de la práctica médica.

Enfoquemos primeramente al mismo doctor. La honorable condición de médico puede ser perfectamente adscrita a los persas. Salvo contadísimas excepciones, el médico había ocupado en Grecia y en Roma una innoble posición. En los más antiguos de los textos persas lo encontramos ya, en cambio, como uno de los consejeros del rey. Los médicos griegos capturados en las guerras contra Atenas y más tarde contra Bizancio eran recibidos con todos los honores y tratados no como prisioneros, sino como huéspedes forzosos. A menudo era un médico el que ocupa el cargo de primer consejero de la corte, siendo la verdadera mano derecha del rey. Así, Perzoes (o Buzurmihr en la forma persa) fue primer ministro de Anusharvan el Justo (o Cosroes), que reinó desde 531 al 578 d. De J.C. Su autobiografía ha sobrevivido, existiendo una traducción al alemán, obra de Noeldeke. Sus explicaciones respecto a por qué eligió la profesión de médico constituyen una buena prueba de alto nivel moral que la religión de Zoroastro supo introducir entre sus adeptos.

En los días de los califas de Bagdad, esta alta estima en que eran tenidos los ejercientes de la medicina continúo el actualísimo vigor. Importantísimos cargos estatales fueran a menudo desempeñados por médicos. Así, la famosa familia Bukht-Yishu dio a la corona médicos y consejeros reales durante seis generaciones. De Avicena no sabríamos decir si su fama se debe más a su condición de estadística que a la de médico.

Es la Persia medieval, el kahim-bashi, o médico en jefe, era un dignatario de la corte con poderes a menudo equivalente a los de primer ministro. Incluso en tiempos recientes, el gobierno británico ha reconocido la posición de privilegio que el médico ocupa a los ojos de las personas, como en el caso de Sir John McNeill, graduado en Edimburgo, que fue elevado desde su cargo de médico de la Embajada británica a la dignidad de embajador.

Tal vez fuera su concepción sobre los hospitales por lo que los persas transmitieron su mayor y más duradero legado a Europa. Nuestro moderno hospital esta basado directamente en fundamentos persas.

El primero del que tenemos noticia detallada es el de Jundi-Shapur, ciudad cercana a la moderna Ahwaz, al sur de Persia. Hospital, escuela médica y universidad de la misma, datan nada menos que de Shapur I († 439 d. De J.C.). Al principio, la enseñanza tuvo lugar probablemente en sánscrito, con consiguiente predominio de los métodos médicos indios. Al cerrarse, el 439 d. D. J.C. la escuela de Edesa, se produjo el fenómeno de una gran afluencia de profesores griegos, los cuales, naturalmente, popularizaron sus principios. Partiendo de esta mezcla, la escuela desarrolló su propio sistema; así es como al-Quifti pudo decir más tarde:

Hicieron rápidos progresos en la ciencia, desarrollando nuevos métodos en el tratamiento de las enfermedades siguiendo líneas farmacológicas, de tal manera que su terapia fue considerada superior a la de los griegos e hindúes. Además, sus médicos científicos de otros países y los modificaron según sus propios descubrimientos. Establecieron leyes médicas y consignaron por escrito el trabajo que realizaron.

He aquí el ideal de la moderna medicina: estudio de los métodos corrientes, modificación de los mismos por medio de la experimentación, y publicación para provecho de otros.

La escuela murió de muerte natural, al suministrar profesores para la nueva Escuela de Medicina y los hospitales de Bagadad. El más conocido de los últimos es el fundado por Adud al-Daula, dotado de un gran equipo, provisto de numerosos fondos y en posesión de una farmacia con productos importados de todos los rincones del mundo. Practicábase el sistema de pacientes internos y externos, tal como lo conocemos hoy en día. A los miembros del personal médico se les alentaba a una bien definida especialización. Finalmente, existía una completa organización de diversas categorías de médicos, con directores y asistentes profanos, asistentes de oficio y hasta, parece, un primitivo sistema de cuidado de lactantes.

Benjamín de Tudela, que visitó Bagdad en 1160 d. De J.C. encontró sesenta y una de estas bien organizadas instituciones. Al mismo tiempo, existía en Shiraz un hospital que formaba parte de una universidad en la que enseñaba filosofía, astrología, medicina, química y matemáticas. En Arbela había hospitales para ciegos, casos crónicos y expósitos. Para los últimos habíase previsto un servicio continuo de nodrizas. En Nariz, junto a Shiraz, actualmente una simple aldea, existía aún cuando Herbert pasó por allí en 16328 d. De J.C. un hospital con una escuela de medicina.

Está claro que los hospitales persas prestaban todos los servicios que nosotros esperamos de los nuestros y que muchos de ellos servían asimismo como escuelas de medina. La mayoría de ellas tuvieron que ser muy pequeñas, siendo más bien del tipo de maestro y aprendices que del de su nombre suscitan estos días. Durante muchos años no existió ninguna restricción en semejante práctica de la medicina, pudiendo todo profesor lanzar al ejercicio de su profesión a sus alumnos cuando los consideraba preparados. Un desastre clínico provocó el interés general sobre el asunto, introduciéndose cierta forma de examen central el año 931 d. De J.C. durante el reinado del califa al-Muatadir. Al venir a menos el califato, parece que dicho sistema de examen llegó a desaparecer, exigiéndose un sencillo permiso para practicar. En la época de los safávidad (poco más o menos el siglo XVI), esta supervisión del derecho a ejercer la medicina estuvo a cargo de un oficial de la corte conocido como hakim-bashi. Una vigilancia general sobre todos los que tenían que ver algo con esta rama, tales como boticarios, fabricantes de agujas, etc.., era ejercida por un profano, llamado el muhtasib, o inspector general.

El alto nivel implantado por las escuelas médicas condujo a un reconocido código moral, con obligaciones para todos los que estuvieran relacionados con la medicina. Este código hízose cada vez más elaborado. Detallas de etiqueta y de ética médica están tratados en manuales tales como el al-Madkhal de Ibn al-Hajj y el Ma’alim al-Qurba de Ibn al-Ukhuwwa. En lo referente a lo honorarios, encontramos disposiciones en los mismos libros sagrados del zoroastrismo, las cuales, ligeramente modificadas, convirtiéronse en leyes en los días del Islam. Existen muchos relatos médicos que se vieron defraudados en sus derechos y de sus reclamaciones en los Tribunales. Bar Hebraeus nos cuenta la original historia de un pleito provocado por un doctor que había sido llamado a tratar a un paciente con fiebre terciana. No había tenido éxito, y como quiera que el cliente se negara a pagar, en razón del fracaso, el médico exigió la mitad de los honorarios, alegando que al menos había convertido una calentura terciana en otra semi-terciana.

En lo referente a la oftalmología, la escuela árabe realizó grandes progresos sobre la práctica griega, dejando a la posteridad un considerable legado. En su tiempo, la palabra "oculista" logró liberarse del desprecio que tan a menudo acompañaron a Galeno y a los antiguos escritores. Pero ni en la óptica ni en la oftalmología fueron los persas verdaderos pioneros, salvedad hecha de Rhazes, quien escribió un libro sobre la naturaleza de la visión. Fue el primero en describir la operación de la extracción de cataratas, y el primero también en explicar el reflejo de la pupila a la luz. Tal vez, asimismo, haya que poner en el haber de Avicena la invención del tratamiento de la fístula lacrimal mediante la sonda. También podría mencionarse a Jibra’il b. Ubaid Allah, miembro de la gran familia Bukht-Yishu, que fue oculista de Adud al-Daula y escribió un tratado sobre el ojo, empleando el idioma árabe. El primero en escribir en persa sobre esta materia fue Muhammada b. Mansur de Jurján. Su obra consta de diez tratados, siendo particularmente interesante el séptimo, con un curioso estudio de técnicas operativas. Pero miradas las cosas en conjunto, no cabe la menor duda de que los nombres verdaderamente destacados en este campo pertenecen a personajes árabes, no persas.

En el campo de la cirugía es difícil precisar si los persas hicieron o no progresos de mención. Las obras sobre esta materia, tanto en árabe como en persa, son muy escasas. Existen ciertamente libros que tratan de una vasta gama de técnicas operatorias, desde la preparación hasta la escisión de venas varicosas. Pero no estoy convencido de que añadieran nada a nuestro conocimiento sobre la patología, tanto de los casos quirúrgicos como de su tratamiento. Probablemente fueron muy expertos en la extirpación de cálculos, a veces incluso extrayéndolos del mismo riñón. Tal vez haya de anotarse en el haber de Baha al-Daula (principios del siglo XVI) el haberse anticipado a Fowler y Potin, cuando escribió que, después de las operaciones abdominales, los pacientes debían ser alimentados en posición incorporada, y propuso la construcción de un instrumento para evitar la apertura del vientre en caso de peritonitis, sugiriendo el empleo de un tubo especial de drenaje con una finísima punta en el otro; practicando un pequeño agujero en el centro de dicho tubo, el pus podía se extraído mediante succión.

En el tratamiento de las fracturas, el yeso fue empleado por los cirujanos ortopédicos persas mucho antes de que los europeos conocieran este material.

Tengo mis dudas acerca de si los antiguos persas practicaban la cesárea. Firdausi nos refiere un caso, que admito con toda reserva, ya que en él habla el poeta. En mi libro sobre Medicina Persa (Clio Medica Series) reproduje una miniatura que mostraba esta operación en proceso, pero no se trataba probablemente más que de la imaginación del artista. Nunca he encontrado en mis muchas lecturas de textos médicos persas una descripción acerca de cómo había de realizarse semejante intervención.

En el campo de la medicina clínica, la mayor parte de los historiadores ponen más en el haber de los persas de lo que yo creo que se les debe. Todo el mundo sabe que Rhazes fue el primero que distinguió entre sarampión y viruelas. Su descripción sobre las dos dolencias puede ser fácilmente leída por cualquier interesado, en una traducción al inglés realizada hace muchos años por la Sydenham Society. Sin embargo, no estoy convencido de que las reconociera como enfermedades diferentes, salvo en el sentido en que todo el mundo puede observar, ya que las pústulas de la viruela son muy distintas de las manchas del sarampión. Además, algunos creen que distinguía asimismo entre sarampión de color brillante y escarlatina, cuando escribía que el sarampión de color brillante era más peligroso que el que aparecía moderadamente rojo. Creo que en los escritos de Rahzes suele leerse más de lo que el autor dice. Desde luego, no supo dar el detalle de que la viruela es contagiosa. Los persas practicaban como medida profiláctica la inoculación brazo a brazo, pero ésta bien pudo haber sido importada de China.

También en el haber de Avicena se han anotado algunas observaciones originales. Parece haber notado la deferencia entre la ictericia obstructiva y la hemolítica. Su descripción de la meningitis ha hecho que algunos historiadores lo hayan considerado como un neurólogo adelantado a su tiempo. Pero un estudio de Cannon demuestra que siguió bajo todos los aspectos los defectuosos puntos de vista de sus contemporáneos. Su defensa de las heterodoxas concepciones de Alhazen sobre la causa de la visión- concepciones que ahora sabemos fueron correctas- es, sin lugar a dudas, un buen punto a su favor, lo mismo que su descripción de la molicie o dolencia pática, designada en tiempos posteriores por Krafft-Ebbing como "afeminación entre los psicópatas sexuales".

Al-Jurjani (siglo XI) parece haber realizado una original observación cuando declara que algunos casos de agrandamiento de la glándula tiroides van acompañados por una más rápida palpitación del corazón, fenómeno éste que nosotros llamamos tirotoxicosis. También observó el curioso el hecho de que algunas enfermedades resultan antagónicas y que una dolencia puede curar a otra. Este principio encuentra aplicación en nuestros días, cuando combatimos la parálisis general de un demente provocándole un ataque de malaria.

Algo más tarde, el agudo observador Baha al-Daula (150 d. De J.C.) dio la primera descripción conocida de la tos ferina en una muy cabal exposición de la enfermedad, y habló asimismo de la fiebre del heno. Respecto a la última creo que se le anticipó Rahzes, quien escribió una obra, ahora perdida, que tituló Disertación sobre las causas de la coriza que hace acto de presencia en primavera cuando las rosas difunden su aroma. Hacia el mismo año, Imad al-Din de Shiraz escribió una monografía sobre la sífilis con muy agudas observaciones. Se trata de la primera obra conocida sobre esta materia en persa, y probablemente en cualquier idioma de Oriente. La enfermedad, naturalmente, había sido descrita anteriormente en Europa.

En el tratamiento, los persas realizaron mayores progresos que en la diagnosis. Su farmacopea estaba basada en los herbarios griegos. Pero a esta herencia helénica supieron añadir remedios tan conocidos como el ruibarbo, la sena, el alcanfor, la nuez moscada, el sándalo, la casia, el tamarindo, y, muy especialmente, la caña de azúcar. La botánica y la medicina caminaban de la mano. A os persas les ha cabido el honor de recurrir inteligentemente en busca de remedios fuera de la botánica, así como de haber introducido en la farmacopea un considerable número de drogas químicas, de las que las modernas sulfamidas son herederas. Rhazes introdujo el mercurio como purga tras haberlo experimentado con monos. Imad al-Din extendió su empleo al tratamiento de la sífilis. Rhazes introdujo asimismo los gránulos de albayalde para su aplicación a los ojos. De ahí que fueran conocidos en las farmacopeas europeas como Trochisci Rhasis o "jabón árabe" (incorrectamente, ya que Rhazes era persa, ciudadano de Ray, aldea situada en las cercanías de Teherán).

A Rhazes, Europa le debe más que la introducción de esos pocos medicamentos. No sólo escribió un tratado de medicina (conocido en su traducción como el Continens) que llegó a ser libro de texto común en la mayor parte de las universidades, sino también una obra sobre alquimia que abrió el camino de nuestra moderna concepción de los cuerpos químicos. Hasta sus días, las sustancias estuvieron divididas en materia, alma y fluido. Rhazes introdujo la clasificación de animal, vegetal y mineral. Además, subdividió a los minerales en fluidos, cuerpos, piedras, vitriolos, bórax y sales, y distinguió entre "cuerpos" volátiles y "espíritus" no volátiles.

Muchos de los conceptos químicos de Rhazes fueron copiados de Jabir, el padre de la alquimia árabe. Lo que no está claro es si podemos considerar al tal "Jabir" como persa. Las obras que se le atribuyen procedieron probablemente de los Hermanos de la Pureza, sociedad secreta a la que he tenido ya ocasión de aludir. Podemos seguir su influencia a través de todo el proceso histórico de la química europea. A mí me gustaría - y ello en base al preponderante factor persa de dichas obras - poder sostener que el legado que Jabir nos dejó a través de Rhazes debe ser atribuido en su totalidad a los hijos de Persia.

Después de Rhazes encontramos el nombre de Abu Mansur Muwaffaw, que fue el primero que escribió un tratado médico en persa. Aparte de su considerable importancia científica, este libro resulta especialmente interesante por ser la obra en prosa más antigua que poseemos escrita en moderno persa. De los 585 remedios mencionados en la misma, 75 son de origen mineral. Abu Mansur sabe distinguir entre el carbonato sódico y el carbonato potásico. Muestra algún conocimiento del óxido arsenioso, del óxido cúprico y del antimonio. También conoce los efectos tóxicos de los compuestos del cobre y el plomo y las virtudes depilatorias de la cal viva.

Esta completa supremacía de Persia en el campo de la farmacia queda patente cuando estudiamos las viejas farmacopeas de los escritores no persas. Muchos de los mismos términos empleados revelan evidentemente su origen. El julepe, una de las formas favoritas del brebaje, es en realidad gul-ab, o medicamento disuelto en agua de rosas. Colirio, cualquier fluido que se emplea para el lavado de los ojos, viene del vocablo kuhl, o antimonio en polvo, usado por los persas para fortalecer la vista. Y ¿qué es elixir sino al-Iksir, o piedra filosofal?

El año 869 d. De J.C. un persa, Sabur b. Sahl, escribió un tratado sobre farmacopea. Estaba basado en fuentes griegas, complementado con remedios nabateos, sirios y persas locales. Disfrutó de indiscutible popularidad hasta que fue reemplazado por el Antidotario de Ibn al-Tilmidh, en la primera mitad del siglo XII. Es perfectamente legítimo sostener que estas dos obras formaron la base de todas las farmacopeas y catálogos de muestras que se escribieron posteriormente.

He omitido mucho de lo que podría decirse sobre ese legado de Persia del que todavía estamos disfrutando. Lo he hecho en parte porque ha sido ya tratado muy exhaustivamente en otros lugares, y en parte porque tal gloria podría ser compartida por terceros. Así es como he pasado por alto toda referencia a la obra de los antiguos traductores que mantuvieron viva la ciencia griega e hicieron posible el posterior Renacimiento en Europa. También he omitido a propósito el tratar sobre el empleo que los persas pudieron haber hecho de los anestésicos, ya que es un asunto sobre el que los historiadores y químicos no están todavía de acuerdo. He hablado muy poco acerca de la higiene pública y de la medicina preventiva, habida cuenta de que la práctica de los persas no estaba de acuerdo con sus teorías. Sin embargo, he expuesto suficiente – al menos, así me lo parece – para demostrar que Persia no fue sólo un portador de antorcha (como dijo Garrison), sino un pueblo que transmitió esa antorcha a Europea con su llama más viva y brillando más luminosa que nunca.

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